NECESIDAD DE DRAGARLO.
La situación actual del cauce del río Ebro requiere una revisión urgente sobre la
capacidad de conducción  de aguas dentro de su caja.
Las distintas aportaciones al cauce de elementos sólidos de muy diversas
procedencias son las responsables de una reducción importante de la capacidad de
conducción de la caja.
Dicha reducción ha dejado de ser una posible amenaza para transformarse en un
peligro real.
La capacidad mermada de la caja en su paso por la ciudad fue y será, si no se
interviene en el cauce, motivo de desbordamiento e inundaciones en caso de crecidas
ordinarias.
Las causas de la reducción de dicha capacidad  la encontramos y centramos en las
distintas construcciones de los puentes que cruzan la ciudad. Los procesos de
construcción, en todos ellos, se cortan en el momento de la inauguración, siempre
ajustadas en plazo; eso obliga a retirar las máquinas del lugar sin terminar el proceso.
Nunca se retiraron las playas de trabajo, que se necesitaron  para la construcción.
Nunca se procedió a restituir el entorno ecológico, y por tanto,  ayudar a su
regeneración.
El abandono, en el lugar de la obra, de elementos ajenos al cauce ocasiona que la
naturaleza cubra los mismos y comience un nuevo proceso de naturalización del
espacio. Dicha naturalización vino a ocultar los peligros que para la ciudad supone el no
respetar unas pautas necesarias con la naturaleza.

El presente estudio resumido, es una muestra de lo comentado y la demostración
gráfica del peligro que amenaza a la ciudad, si no se procede a restituir al río la
capacidad de caja de recepción y conducción de aguas.
Con un ancho constante de 180 m de lámina de agua desde una margen a otra, el
Ebro antes de entrar en la ciudad mantiene una media de 1,80 a 2,00 m de profundidad
en las zona central, entendiendo como zona central los 100 m centrales.
La profundidad presenta alteraciones en reducción constante, al aproximarse a la
orilla, con excepciones acentuadas en las horillas contrarias al cambio de curso del río,
lugares donde la profundidad de las aguas aumenta, por efecto de la erosión ocasionada
por la fricción y la velocidad.
Este proceso natural provoca una mayor extensión de playa en la orilla opuesta,
donde el agua pierde velocidad; dicha perturbación natural en el lecho del río ocasiona
la alteración de la caja para permitir la recepción de un flujo constante sin perturbación
de la lámina en superficie.
Esta perturbación de la lámina la encontraremos en el curso urbano ocasionada
por una causa común, la construcción  de los puentes.
El proceso de construcción de los últimos puentes en la ciudad ha sido
responsable de la pérdida de capacidad de caudal.
En la construcción del Puente de Piedras, su anchura  fue concebida en 250 m;
posteriormente se reduciría a 220 por el cegamiento de uno de sus arcos, quedando hoy
bajo la zona del paseo Echegaray; esta mayor anchura (250 m) del cauce se forzó, para
mantener los 180 m. de paso libre de aguas una vez descontada la anchura de los pilares.
La anchura de 220 m. se mantiene en la zona del arzobispado, zona donde se
construyó el antiguo Puente de Tablas sin alterar la capacidad de caudal.
Posteriormente se construiría el Puente Nuestra Señora del Pilar que mantuvo la
misma anchura.
La construcción del Puente del Ferrocarril en la zona de la Almozara será de
mayor anchura
Ninguna de estas construcciones perturbó las características de la caja ni su
capacidad de traslado.

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